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encuentros oscuros

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1 encuentros oscuros el Miér Jul 06, 2011 10:41 pm

Invitado


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CAPITULO 1

¿Otra vez leyendo esa mierda?- pregunto Dhavd- rayos Ez tienes que dejar de hacerte esto. ¿Cuánto más va a durar?

-¡al diablo hombre! Ocúpate de tus asuntos- gruñó Ez quien no estaba de humor para las idioteces de su compañero.

-exactamente, el demonio y sus cabrones son mi asunto y el tuyo también. Ya me tienes hasta los huevos con tus mamadas ¡supéralo de una vez! Y empieza a mover tu culo del maldito despacho si no es mucho pedirte.

Ezekhiel ignoró a Dhavd como normalmente hacía. Al tipo le encantaba joder a todo el mundo. Tenía un ego del tamaño de Europa y maldecía como el infierno.

Comúnmente podría decirse que se llevaban bien y compartían algo parecido al amor fraternal, si tú pudieras amar a un hijo de puta como ese. Pero últimamente el hombre la tenía tomada contra él y ya estaba hasta los cojones de su acoso. No era como si el tipo no tuviera un punto, y lo tenía. Siete malditos años desde que su ángel se marchó sin ninguna explicación dejándole con el corazón roto.

Usualmente Ez no era del tipo violento o mal hablado, ese puesto ya lo tenía ocupado su amigo Dhavd y vaya si le superaba con mucho. El tío era toda una maquina ambulante de insultos e improperios, agregándole a eso su infaltable toque sarcástico. Es solo que últimamente estaba muy irritable. A pesar de todo su jodido infierno personal siempre se las arregló para mantener una actitud serena, simplemente asumía los hechos de su vida como parte de la mano que le había tocado jugar.

Pero ahora todo era distinto. Condenadamente distinto. Nada menos que una broma en su destino, que desde hace siete años ser burlaba en su cara. Precisamente esa es la verdad. La verdad que se negaba admitir. Toda esa amargura era por ella. Al diablo sus buenas maneras y sus modales refinados reminiscencias de la época en que lo habían educado. Estaba furioso. Y con toda razón. Al diablo con el mundo y que se jodiera quien tuviera algún problema con ello.


Aun hoy se estremecía al recordar la dura decepción. Siete años no eran suficientes para borrar el dolor o el deseo. Recordaba como si fuese ayer esa noche solitaria en la playa. Había llegado a ese lugar huyendo de la verdad. La verdad de su naturaleza.

Buscando algún descanso dentro de la complicada maraña que era su vida. Ni humano ni completamente inmortal, sino una mezcla de ambos. Salía de noche porque era cuando su cuerpo se hallaba más fuerte. Ser un hibrido entre ambos mundos el natural y el sobrenatural tenía sus ventajas y contras. Durante el día sus poderes quedaban disminuidos, casi reducidos a nada, tan simple como eso. Lo suficientemente humano como para ser un blanco fácil para los numerosos seres mágicos que habitaban indetectables el ancho mundo, principalmente en los lugares donde la concentración de magia y emociones era elevada.

Gustaba de la playa y la soledad, puesto que su doble naturaleza jamás le sirvió para hacerse de amigos. Continuamente era envidiado o bien fuera temido. Se acostumbró a vivir en el anonimato, siempre ocultándose. Y como adoraba la playa, había decidido permanecer ahí pensando en su existencia vacía y su necesidad de alimentarse de la energía mortal. Odiaba aquello. Por eso la playa era el lugar ideal. Fuera de temporada. Alejada de la civilización. Tranquila, lejos de humanos que resultaran una tentación demasiado grande como para doblegar su voluntad.

Justo en ese preciso momento el destino lo había golpeado. Percibió una energía, una esencia de lo más exquisita, tan sutil como la caricia de la suave brisa. Tanto así que no se imaginó que se tratase de una humana. Solo cuando ella estuvo lo bastante cerca el tirón que estremeció todo su cuerpo fue la alarma detonante.

Volvió la vista exactamente hacia donde la fuerza lo llamaba. Una fuerza poderosa como la gravedad. Que por cierto no significaba nada para él ya que podía volar a voluntad, pero esta fuerza si. Por un instante casi temió encontrarse con uno de esos ángeles caídos ( dark angels) que buscaban asesinarlo alimentándose de su poder. La energía era confusa, errática, nada que delatara el ansia o la maldad de tras fondo. Lo único que vio para su sorpresa fue una pequeña figurilla con forma humana a pocos metros de él.

Con determinación la había observado fijamente, plenamente consciente de la amenaza. Su cuerpo entero estaba tenso, preparado para la lucha. A pesar de la fragilidad de su enemigo, él no se dejaba engañar. Un par de veces durante su existencia, ya se había topado con seres que no resultaron ser lo que parecían. De sobra sabía que la magia podía realizar cualquier tipo de espejismos. Incluso había seres especializados en estas artes que utilizaban el camuflaje mórfico como un medio de defensa y caza para alcanzar sus objetivos.

Por supuesto entre seres mágicos es difícil esconder el poder. El aura. Esa brilla como un faro en pleno desierto. Un control del aura tan sofisticado solo podía pertenecer a uno de los primeros, y si esta chiquilla era uno de ellos él jodidamente estaba en problemas.

Ella era pequeña y frágil. Delgada con cabellos ligeramente ondulados que le caían sobre el rostro continuamente y se mecían oscilantes con el viento. Sus ojillos brillaban en la noche dotándola de un cierto candor que solo aumentaba aun mas su atractivo.

Inconscientemente se lamió los labios de hambre. Toda ella era una invitación. Al principio observó cierta vacilación en ella, el sutil color del miedo, ¿sabría ella que él era un amenaza? Luego siguió de frente a su encuentro. Confuso. Decidido a enfrentar el desafío, la había imitado. Irónicamente su cuerpo en vez de tensarse por el encuentro, se relajaba con cada paso que daba hasta ella. Qué extraño.

Podía percibir la fuerza invisible que lo arrastraba hasta ella como si fuera el centro del universo.

De repente nada más importó o existió.

Minúsculos hilos de seda salieron de su cuerpo emanando haces de luz, extendiéndose como finos tentáculos. El aura de ella pareció brillar mucho mas, su luminosidad era tal que le cegaba. Ambas energías se encontraron y he ahí el milagro. En vez de la natural repulsión de fuerzas, ambas energías lograron coexistir. Más que eso. Se fundieron en un todo que no era ni de él ni de ella. Una voz más antigua que la vida, le ordenaba cosas en su cabeza en una lengua desconocida, en un canto que su cerebro no entendía pero al parecer su alma sí.

Una suave calidez le envolvió el centro del pecho, donde se suponía estaba su corazón, que hasta entonces sólo había conocido el frío vacío. Como una revelación le llegó la certeza de sentirse completo.

Como si de repente su vida se concibiera con este propósito. Con estar ahí en ese instante a esa hora; con ella.

Una tranquilidad que solo en su infancia había experimentado se apoderó de él por primera vez en mucho, mucho tiempo.

Sin saber de dónde le vino la información tuvo la certidumbre que esa mujer no representaba una amenaza para él. Todo se aclaró.

Supo sin asomo de dudas que ambos eran dos piezas de un todo, destinados a encontrarse y pertenecerse. Dejó fluir su esencia, su aura alrededor de ella envolviéndola. Sorprendentemente la energía de ella lo aceptaba con naturalidad sin repelerse, sin amenazarse, simplemente fluyendo en un río circular que los alimentaba a ambos nutriéndose mutuamente del otro.

Descubrió que ella era humana. Aunque con rastros sutiles de esencia mágica. Seguramente algún ancestro, hacía mucho tiempo. También pudo ver en sus ojos el desconcierto. Ella no sabía quién o qué era él. Ni tampoco percibía el fluir de sus energías en armonía. Para ella, él era un desconocido en medio de la noche.

Y entonces ella le había sonreído. Oh dulce Jesús, estaba en problemas. Su sonrisa aunque breve le derritió el alma. Ahora Ez había descubierto que esto era posible.

-hola- le había dicho. Simplemente hola fue suficiente para estremecerlo. Un dulce escalofrío bajó desde la base de su cuello a lo largo de su columna vertebral tensándolo como un cable vivo. Y así como así el hambre surgió.

Una necesidad básica de alimentarse de ella, de tomar su energía, siempre de la antigua forma, como en su juventud le pasó. Pero por una vez Ezekhiel no estaba en posición de racionalizar esos deseos. Todo su cuerpo demandaba por ella con tal intensidad como jamás sintió en toda su existencia. Fuerzas desconocidas lo empujaban a tomarla por completo, no solo una parte. Todo.

Ambos parecían en un trance, no podía, ni queriendo, dejar de mirarla. Pero sobraba decir que no quería dejar de verla. De repente ella había roto el contacto. La magia. La luz se apagó en un segundo. Se alejaba buscando el mar. Dejándole confuso e inmóvil, preguntándose si no sería una criatura del agua. Algún espíritu marino que retornaba a su morada.


Fue consciente de las emociones de ella. Otra vez su aura mostraba miedo. Miedo de él. Quiso confortarla pero no supo cómo. Defensivamente ella buscaba distanciarse, acercándose mucho mas al borde de la roca, justo donde las olas llegaban a morir en un estruendoso final, esparciendo su agonía en un coro de gotas que volaban en todas las direcciones para finalmente reagruparse, renacer y alejarse en busca del océano en un perpetuo ciclo sin fin.

Pudo saber por su energía, cuando se tornó en un azul oscuro, que ella se había calmado. Buscó en su mente indicios de temor pero solo encontró la imagen del mar. Ella estaba totalmente concentrada en ello. Ajena a cualquier otra cosa, a él.

Sintió cierta tristeza al percibir que ella no estaba igual de impresionada con él, como él de ella. Tampoco pudo relajarse debido a la mezcla de preocupación y deseo que nadaba en su cuerpo. Deseos urgentes de conectarlos a ambos, de unir sus energías, de tomar de ella la vitalidad que tanto necesitaba.


Ella era tan suave. Deseaba permanecer así con ella mucho más, tal vez para siempre. Temiendo asustarla se forzó a sí mismo a soltarla.

Debo irme. Esas fueron sus palabras. Aunque amó oír su voz otra vez, el significado de sus palabras azotó como un latigazo en su espalda.

-no te vayas, por favor. Eso le había dicho. No supo si ella podía percibir el tono de suplica implícito.
Pero algo pareció surtir efecto pues no se marchó. Aunque no estaba muy seguro de que la habría dejado partir de haberse negado. Simplemente no quería coaccionarla, que ella decidiera libremente. Que lo eligiera a él.

Sentados juntos en la arena, quiso decirle mil cosas, pero ni una palabra salió de sus labios ¿Qué podía decirle? Ella era humana y llevaba una vida humana ¿él? Ni lo uno ni lo otro.

¿Qué de sus experiencias podrían compartir? Nada.

No podía revelarle lo que era. Deseaba saber cosas de ella, pero el preguntar conllevaría que ella hiciera preguntas sobre él.

Hacía demasiado tiempo no tenía contacto humano. Su único amigo era un ser sobrenatural igual que él. Las relaciones sociales no estaban incluidas en su repertorio y seguro como el infierno que no podía soltarle algo como; -mira soy un ser sobrenatural no te conozco ni me conoces pero ¿sabes qué? ¡¡ Tú eres mi contraparte, nuestras almas nacieron para estar juntas!! ¡¡¡Fantástico!!! ¿No? Si claro, cuál de las dos frases la haría correr más rápido, la parte sobrenatural ¿o lo del alma gemela?

No era un experto en conducta humana pero seguro que algo como eso lo haría candidato al manicomio.

Decididamente estaba en líos. Y se negaba a utilizar sus poderes de sujeción para obtener lo que tanto deseaba. Justamente envuelto en estos pensamientos ella se había apartado de él, despidiéndose. Sintió la determinación en su mente mucho antes que entendiera sus palabras. Un pánico lo atenazó. Situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas. Sin pensárselo dos veces la colocó debajo de él, se disculpó a como pudo y dejó que su cuerpo hablara mas elocuentemente que sus palabras.


Oh sí, dulce Jesús. Esto definitivamente era el cielo. Su contacto fue tan delicioso, esos labios pequeños, carnosos y suaves. Su lengua algo tímida e insinuante.

Su cuerpo frágil y terso una tentación para ser explorado. Un ángel, delicado y místico. Demasiado bueno para ser cierto. Encajando perfectamente bajo su cuerpo, moldeándose como arcilla, adaptándose a él. A su tamaño. Se sentía tan pequeña que temió romperla si ejercía demasiada presión. Se permitió explorarla pero sólo con una controlada delicadeza. Trazando un sendero de besos. Santa María que dulce el sabor de esa piel, su olor, toda ella divina.

Que duro resultó cuando ella se resistió a sus deseos. Porque él sabía que ella también respondía sus caricias como una guitarra responde con hermosas notas cuando encuentra al que sabe tocarla con maestría. Dispuesta, suave e incitante. Lo había rechazado con igual vehemencia con que lo aceptó en un principio.

Luchando contra sus propios impulsos, le dio la oportunidad de marcharse.

Después de todo ella era una humana. No había un futuro juntos. La verdad de lo que él era provocaría en ella el más absoluto de los rechazos, estaba completamente seguro de eso. Lo sabía.

Sintió la herida abrirse y sangrar en su pecho, pero la decisión estaba tomada. Puso distancia entre ambos para no ceder a la tentación.

Entonces… ¿Por qué ella había vuelto?

¿Por qué sin decir palabras sus almas se aceptaron de mutuo entendimiento? Esa entrega. Esa fusión. El poder de sus cuerpos. Conectándose en el mágico ritual del sexo donde él tomó de ella no solo su placer y excitación sino la esencia misma de su alma al tiempo que un poco de él se permitió salir llenándola con su semilla, entregándole en ofrenda un pedazo de su alma también.

Fue tan perfecto que Ezekhiel no pudo evitar las lagrimas de frustración correr por sus mejillas al recordarlo. Tan diferente y tan único. La prueba inequívoca de que estaban destinados a ser el uno del otro. Solo con ella podría experimentar otra vez la pasión de la carne a plenitud.

Siglos atrás los enviados y los caídos habían copulado con humanas incapaces de resistirse a la tentación de su belleza, mezclando su simiente con la humana para dar origen a los primeros. De ahí habían surgido seres como él, híbridos. Que podían subsistir de comida humana pero cuya parte mágica requería de cuando en cuando la energía para renovarse. Energía que por supuesto venía de los humanos u otros seres mágicos.

Incluso de Gaia para quienes poseían el don.
La forma más usual de tomar la fuerza vital era a través del sexo. El sexo en si mismo era un ritual de invocación del poder, elemental, primitivo. Capaz de llamar a las fuerzas primarias de la naturaleza.

Por eso tantas leyendas de íncubos y súcubos que se alimentaban de la simiente humana para poder sobrevivir, se habían extendido perdurando en la memoria hasta nuestros días.

Solo a través de ellos podían reproducirse y al mismo tiempo necesitaban del sexo para lograr obtener la energía vital.

Ezekhiel no era ninguno de esos seres. Existían otros métodos para extraer un poco de vitalidad y el estaba dotado, pero ciertamente recordaba su primera experiencia sexual.

Tenía dieciocho años y muy recientemente su madre le había revelado la oscuridad de su origen. Justo cuando sus poderes sobrenaturales comenzaron aparecer en escena. Su primer amor de juventud había pagado el precio de su ignorancia.

Lleno de hormonas masculinas, había tomado lo que se le ofrecía con ávido deseo. La experiencia en si había sido reveladora y embriagante. Un placer altamente adictivo, acompañado de una necesidad creciente que no parecía llenarse con nada. Sintió la energía fluir del cuerpo de ella al de él. Su calor, su vitalidad recorrerle por cada centímetro de piel, sintió el dulce néctar de su esencia, su liberación, que solo detonaba en él un deseo mayor de mas, siempre tomar más, nunca suficiente. Hasta que fue demasiado tarde.

La había secado como a una uva pasa. Succionó por entero su esencia vital de tal modo que no quedó nada más que ella pudiera darle. Horrorizado contemplo el cadáver de la que una vez fue una joven rozagante de vida y muslos firmes, ahora toda arrugada y encogida como una anciana de noventa años.

Aprendió por el camino difícil, los peligros de perder el control cuando uno se alimenta. Experimentó otras maneras de tomar lo que quería sin necesidad del sexo.

Siempre resistiendo la necesidad hasta el último minuto. Sólo tomando lo justo y necesario para aplacar su hambre por un tiempo, jamás concentrándose en alcanzar placer o satisfacción en ello.

Incluso un beso si no mostraba control podía convertirse en preludio del desastre. Por eso jamás besaba a nadie o tocaba a nadie con sus manos. Hasta que su ángel había aparecido.

No había sido un santo y como cualquier hombre que se respete, había probado los placeres que el mundo le ofrecía a manos llenas, incluidos los placeres carnales, pero siempre bajo los límites de su control.

Disfrutando de acariciar y ser acariciado. Llenando la vanidad masculina con la satisfacción de ser un buen amante, disminuyendo su esencia mágica al mínimo, para llegar a la triste conclusión que el mismo jamás se había sentido satisfecho. Ni siquiera esa primera vez.

Siempre tomó pero jamás dio nada propio, nada, excepto la liberación fisiológica, si es que la alcanzaba alguna vez. Después de décadas de esa rutina, había llegado al hastío. El límite hasta odiarse así mismo.

En cambio con Lhena, su ángel, era distinto, fue distinto. Ambos dieron todo de sí, fundiéndose en un solo ser. Alcanzo el clímax, más allá de lo que él mismo creyó posible. Flotando en un paraíso etéreo, maravillado de permanecer corpóreo cuando todo él sintió estallar en pedazos, pequeñas moléculas que se expandieron por la explosión libres de su atadura física ¿Cómo pues después de algo tan místico se reagrupaban trayéndolo de regreso? Un milagro. Un milagro que solo su ángel podía explicar.


Dando su esencia y recibiendo la de ella en un equilibrio, sin dañarla. Tocándola sin arrebatarle el alma con cada caricia. Disfrutando del cálido contacto con placer, satisfacción pero sobre todo paz. Paz como nunca conoció en toda su vida adulta desde que su maldición se esgrimió sobre su cabeza.

No era justo ¿por qué? Esa era la gran pregunta. Después de alcanzar algo tan sublime, después de tocar el cielo con las manos, de sentirse pleno como jamás en su vida se había sentido. La vida misma le arrebataba lo más preciado. Dejándolo solo y perdido otra vez. Con un sabor mucho más que amargo, venenoso. Dudando de si fue un sueño o verdad.

Que doloroso llegar con las ilusiones puestas y el corazón lleno de esperanza a una casa vacía. Sola. Abandonada. Esperar sin éxito como solo un enamorado lo hace, aferrándote al último resquicio de fe mientras tu mundo entero se deshace en pedazos.

Recoger los despojos de tu corazón, entrar en la casa, enfrentar la realidad. Buscó esa noche por toda la casa. Algún indicio de su presencia. Solo en una habitación percibió levemente su olor. Ahí, ligeramente oculto bajo el borde del edredón que cubría la cama, sobre la alfombra, estaba una pequeña libreta. La abrió en busca de alguna pista. Quizá hubiera un número telefónico o alguna dirección con suerte.

Poco importó si ella lo deseaba verlo o no, el punto en ese momento era encontrarla. Si ella podía vivir sin él, bien. Daba igual. El punto aquí es que él no podía, ni quería, vivir sin ella. Leyó la primera página hipnotizado instantáneamente. Apenas respiró si acaso durante toda la lectura. Desplomándose en un futon junto a la ventana, siguió leyendo. Era una historia. La historia de los dos. De su noche.

El peso de su realidad cayó como una losa sobre una cripta. Pesada, fría, solemne. Se dio cuenta muy tarde que el único ser que podía proporcionarle su tan ansiada paz se había esfumado. Que su ángel resultaba ser un demonio que le arrebataba la vida. Que ingenuo de su parte creer que una humana no tenía el poder de herirle a él, un ser casi inmortal. Su corazón sangrante opinaba lo contrario. Una dura lección por su arrogancia.

Al principio en el frenesí de su decepción la rabia fue todo lo que conoció. No se permitió ahondar en ella, dejándola fluir, nadando con la corriente. Regodeándose en un odio por la única mujer capaz de perturbarle. El dolor, siempre recordaría el dolor porque en realidad existía como una segunda piel. Siete años después y la herida seguía sangrando. Dolía. Mucho. Solo que la bestia permanecía adormecida.

El bastardo de Dhavd fue quien lo salvó de perder el juicio o de entregarse a su demonio interno. Después de todo algo de ángel caído corría por sus venas. Si emulaba esa parte de sus ancestros fácilmente su naturaleza demoniaca tomaría el control de su voluntad.

Sería letal, perverso, frío, corrupto. Los instintos permanecían ahí. Agazapados, él lo sabía. Siempre luchó contra ellos a punta de determinación. Pero el deseo de matar era como una sombra enturbiando las cristalinas aguas de su manantial interno.

Cuando creyó encontrar la rienda para sus deseos, el ancla capaz de traerle de regreso de la oscuridad cuando se transformaba, irónicamente también fue el puñal que más cerca se clavó. Lo hundió en tal desesperación como nunca antes, un delgado borde lo separaba de convertirse al lado oscuro de la magia. Su amigo lo salvó.

Gracioso como llegó todo ilusionado a contarle su experiencia a Dhavd, quien sinceramente se sorprendió de su interés en una humana. El tipo era un Don Juan y no se tocaba el corazón a la hora de satisfacer sus necesidades ¿adivinen de qué forma? SEXO ¡¡Bingo!!

Constantemente lo jochaba con bromas acerca de su abstinencia. El claramente no entendía como podía aguantar sin ello o porque elegía otras formas de alimentarse. Hambriento y con una libido a mil por hora, fornicar se le daba jodidamente bien a su amigo.

Con el tiempo el dolor fue congelándose, adormeciéndose después de toda esa exposición. Como un loco leía la historia una y otra vez. Juró que se sentía como ser apuñalado directamente en el pecho, pero como un maldito poseso no podía dejar de hacerlo. No conseguía dormir si no leía la historia antes de acostarse.

Dicen que el tiempo lo cura todo. A estas alturas de mi existencia no puedo dar fe de esa afirmación pero si diré en su favor que hace más llevaderas las heridas.

Fui capaz de analizar con cabeza fría cada palabra. Las he memorizado para mantenerlas junto a mí hasta el último suspiro. Lhena. Quien ni siquiera se llama así. Mi ángel como me gusta llamarla. Al menos sé que sintió la misma fuerza decisiva que yo sentí. Que no lo soñé. Que no creé un espejismo en mi sed.


Debo admitir que fue un consuelo. Uno muy liviano, apenas un analgésico conteniendo un poco del dolor, no te alivia pero hace las cosas más soportables.

Siento rabia, por su cobardía. Por esa huida. Porque permitió que sus temores le ganaran a sus sentimientos. Porque donde quiera que esté ella eligió el vacío, la soledad, cuando la plenitud tocó a su puerta.



Siete largos años han pasado. Mucha agua ha corrido por este río, pero yo sigo atrapado en el tiempo incapaz de olvidarla. Desde hace un año no leía nuestra historia pero creo que la necesidad de hacerlo es inevitable considerando que dentro de poco será la fecha de nuestra noche. Su aniversario. Una conmemoración de su dolor.


Y como todos los años haría lo que siempre hacia, viajaría hasta esa playa, la playa donde se conocieron, dormiría en la misma casa, en la misma habitación y en la misma cama que ella había dormido. Durante una semana entera. Ahora la casa le pertenecía. Impotente como se sintió. Su único impulso fue poseer todo lo que pudiera contener algún recuerdo de ella. Esa noche había dormido en esa cama, aspirando la esencia de su ocupante. De su ángel. Despertó hecho polvo pero incapaz de moverse. No supo cuantos días paso así hasta que su amigo Dhavd lo encontró y lo sacó de ahí. Quizá sin la intervención de Dhavd habría permanecido indefinidamente en ese cuarto como otro mueble más hasta sucumbir si es que la muerte podía sobrevenirle a él.

Ahora como un ritual no sabía si de tortura o conmemorativo de lo que fue, religiosamente viajaba en la misma fecha hasta ese efímero paraíso embebiéndose en su miseria. Despejando su mente, se esforzó por alejar los recuerdos y centrarse en el presente.

Sip. Tiempo de concretar detalles. Revisó su ordenador con meticulosa concentración, envió los e-mails de confirmación, vuelos, reservaciones. Accesó a sus cuentas bancarias e hizo las transferencias pertinentes.

Definitivamente la internet es algo bueno. Pensó Ez. Ahorraba tantas molestias. Un clic y el mundo entero estaban a tu alcance. Gastar o amasar fortunas en un abrir y cerrar de ojos. Perfectamente adaptado a la época actual, su despacho estaba equipado con lo último en tecnología electrónica. El mismo se había aficionado aprendiendo todo cuanto se sabía en el arte de la computación. Una vez concluida su tarea cerró la tapa de su portátil. Guardó la desgastada libreta en el cajón principal de su escritorio, cerró con llaves y salió.

Normalmente la libreta permanecía en la mesa de noche junto a su cama, bajo llave por si algún curioso merodeaba. O simplemente si debía ausentarse por un tiempo de su vivienda entonces lo dejaba en la caja fuerte secretamente escondida en su dormitorio. Pero tales cuidados eran innecesarios realmente, dos seres mágicos como Dhavd y él podrían detectar a un intruso sin pestañear.

La casa completa se hallaba protegida bajo sus salvaguardas. los empleados humanos que trabajaban para ellos les eran completamente leales sin la necesidad de sujeción mental.

Sin embargo atesoraba celosamente esas páginas como su más valiosa posesión no solo por su contenido sino porque ahí estaba la letra de ella, sus huellas. Su esencia. Por supuesto había transcrito una copia del contenido en un pequeño librito de bolsillo que solía cargar a todas partes como si de alguna manera la llevara consigo y esto aunque pobre lo reconfortaba.

-Diablos soy patético, estoy tan jodido que me conformo con menos que las migajas. Con las promesas de migajas- sonrió amargamente.



Estas últimas palabras las dijo en el pasillo mientras cerraba el despacho con la amarga melancolía que siempre le oprimía después de leer la historia.

-ciertamente lo eres, estas hecho mierda hermano- le dijo Dhavd a su amigo sin ninguna inflexión mas como reconociendo un hecho.

-lo sé- reconoció tristemente Ezekhiel.

-joder hombre venga ese ánimo-siguió- levanta esa cara. Hay muchos culitos en el mundo, no vale la pena que te pongas mal por uno.

Ezekhiel ni siquiera se molestó en contestar. Únicamente se limitó a asentir. Después de todo este era el principio de un clásico sermón de D.

-es temprano- siguió D mientras chequeaba su Rolex- la noche es joven, acompáñame a un bar y veras como rapidito te levantas un agarre que te hará olvidarte de ella.

-gracias D pero yo paso- respondió Ez. Siempre D trataba de enrolarle en sus salidas nocturnas de caza. El hermano podía tener buenas intenciones solo que Ez no estaba de humor para esas andanzas.

-vamos hombre, no te pongas en el plan, celebremos tu partida, Ez, escúchame, no, mírame a los ojos hermano- lo dijo en serio- tu sabes lo que opino de toda esa mierda. No estoy de acuerdo. Yo la habría mandado al carajo hace tiempo y habría cogido con cien mujeres en el primer año. Eso si es conmemoración. Ya debes tener el pito muerto hombre.

- D, córtala ya hermano. Deja por un segundo de ser el dolor en el culo que eres.

-¿qué quieres que diga?- sonrió- es parte de mi encanto- en fin. No lo comparto pero te apoyo. Respeto tu decisión. Solo digo que somos compañeros y realmente me gustaría hacerte una despedida, celebrar, como en los viejos tiempos.

-¿Cuáles viejos tiempos?- esta vez Ez esbozó una insinuación de sonrisa- ¿te refieres a la época en que te tirabas todo lo que se movía en un bar mientras yo te esperaba en la barra bebiendo?

La sonrisa de D fue radiante- Sip exactamente esa época ¿buenos tiempos no? Ez le alzó una ceja incrédulo.

-anda Ez, no te hagas de rogar, te comportas peor que una virgen- Ez lo fulminó con la mirada pero D solo le guiñó un ojo en tono burlesco.

Ez no podía enojarse realmente con el tipo. D era todo un caso pero era su amigo. Y si, hacía mucho tiempo, mucho antes de conocer a su ángel que Ez había perdido todo interés en la vida nocturna de la ciudad. Ligues o sexo. Pero con todo y su vocabulario obsceno, sabía que D estaba siendo sincero y que muy en el fondo tenía razón.

Muy pronto partiría a su infierno voluntario. Si. Estaba triste y amargado. Y sí, era verdad que posiblemente esta no era la mejor forma de superar lo que había pasado. Estaba distante, alicaído, solitario, dejando de lado todo incluyendo a su único y mejor amigo. Realmente no quería pasar así su última noche. Qué diablos se dijo así mismo.

-ok vamos. Tal vez así consigo que te calles- aceptó Ez. Los ojos de D brillaron encantados.

-entonces ve a cambiarte hermano ponte algo mas en onda porque esta noche esta con feeling- su risa estruendosa resonó como un eco mientras se alejaba buscando las escaleras- te espero en la sala- fue lo último que Ez alcanzó a escuchar.

2 Re: encuentros oscuros el Dom Mayo 27, 2012 1:35 pm

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3 Re: encuentros oscuros el Lun Jul 09, 2012 5:00 pm

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